Aspiro fuerte. La coca me entra del tirón. Me llega hasta el fondo del alma. Por el espejo retrovisor veo los asientos traseros del coche de papá y recuerdo a Angie comiéndome la polla, aparcados aquí, en el cerro de Montigalá.

Creo que nunca más me la va a chupar.

Es viernes y el reloj del Astra marca las once de la noche.

Loquillo canta La mataré y yo sigo mentalmente esa letra que tanto me encanta.

He quedado con Roberto a las doce en el Jomer. Hace una noche triste. Las estrellas brillan en lo alto del cerro de Montigalá.

Lamo la coca que queda en la carpeta de los papeles del carro y la guardo en la guantera. Trago saliva y noto cómo me baja el amargor a la garganta.

Fuera corre un viento descomunal. Ha oscurecido y hojas de los árboles, de diarios y bolsas de Carrefour revolotean sin rumbo fijo, como dudando, como yo.

Odio a Angie. Odio a mi padre. Odio que me pregunten por la Pantoja. Odio mi vida. Odio que me llamen Sio.

Esta mañana he recibido un sms de Verónica. Me ha sorprendido. Hola cielo hace mucho que no sé de ti, me gustaría volverte a ver algún día. Dime algo. Besitos. Esta noche iré al Titus con un amigo. Nos vemos allí le he contestado, así, seco, sin más, castigador, ok yo iré con una amiga me ha respondido ipso facto.

Verónica es la única tía con la que he follado además de Angie.

El año pasado Angie y yo lo dejamos durante cuatro meses y una de esas noches de verano conocí a Verónica en las carpas de Gavá. Esa misma noche nos enrollamos, nos metimos un par de clenchas y me la acabé follando en el coche de papá, mirando el mar mientras amanecía en la playa de Bogatell.

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Pasaron tres o cuatro semanas hasta que volví a saber de Verónica. Una tarde me llamó y me propuso pasar un fin de semana en Tossa de Mar en plan parejita feliz. Ella es así, aparece y desaparece sin más. Me pareció una idea fantástica. Había estado una sola vez en el paraíso azul y quedé enamorado de su paz, de su tranquilidad y de sus vistas, y además pensé que me distraería y me ayudaría a sacarme a Angie de la puta cabeza.

Verónica es así: no muy alta, delgada pero con sus curvas bien puestas, piel morena de múltiples sesiones de rayos uva; pelo más bien largo, liso y de un color negro azabache, (nunca supe qué coño es negro azabache, pero siempre me sonó genial); ojos grandes y negros y expresivos; cejas delgadas y ordenadas; boca grande y con dientes perfectos; labios carnosos y sugerentes de un tono marrón oscuro que se queda a mitad del camino entre el color de piel y el de sus ojos. Vaya, boca de chupona nata. Tetas grandes, naturales, con una bonita caída, galletita marrón oscuro coronada por dos pezones sobresalientes. Un conjunto en armonía. Se da un tremendo parecido a la actriz porno Verónica Vanoza, por Dios que pienso en ella y me recuerda a la chupapollas profesional.

Era un sábado soleado y muy caluroso del mes de julio, como de treinta grados a la sombra cuando, vestido con mi camiseta de tirantes blanca, tejanos G-Star, hawaianas negras y mis Ray Ban de aviador y acompañado por mi Samsonite dura y roja y el primer cigarro del día, esperaba delante de mi portal. Aguardaba que pasara a recogerme una marrana desconocida, aficionada a la coca, a la que hace semanas me follé en el coche de mi padre sin saber poco más que su nombre y a la que no volví a ver desde entonces.

He dejado el móvil en casa, no quiero que nadie me joda el fin de semana, soy rebelde porque el mundo me hizo así.

A las ocho en punto aparece en un flamante Golf VTR azul metalizado. Verónica detiene el golfito, yo me acerco con paso tranquilo, arrastrando las hawaianas, arrastrando mi maleta, se baja y ¡hola cielo! y me abraza con ganas, con muchas ganas, y yo un tanto tímido, hola, ¿cómo estás? con menos ímpetu que ella y por supuesto muchísimo menos arrojo que la noche que nos conocimos, más bien timidón, que es como realmente soy, y ella bien, bien y nos damos dos besitos.

Está guapa, preciosa, con el pelo todavía húmedo y con olor a champú como de estar recién duchada, con un cuco flequillito y dos simpáticas coletitas amarradas con gomas rojas chillonas. Le queda bien el informal peinado, así se marcan más las facciones de su rostro, da mucha vida a su increíble sonrisa y eso le beneficia y ella lo sabe. Se le ve fresca, despierta, ágil. Viste una pequeña camiseta Nike blanca y ajustada que descubre su ombligo moreno y coronado por un piercing plateado, un pantaloncito blanco muy cortito y unas hawaianas rojas a juego con las coleteras.

Fantástica.

Verónica es una de esas chicas que nacieron con el don de la provocación. Tiene ángel, un aura que hace que su físico, su sonrisa maliciosa y su forma de hablar y mirar creen una energía de irresistible atracción. Después de llegar a esta conclusión sólo sé una cosa: me la quiero follar mil veces. Rápidamente experimento mi segunda trempera matutina.

Metemos mi equipaje en el maletero, subimos al coche y Verónica arranca buscando la localidad gerundense.

Suena el último disco de Manolo García. A mí me gusta mucho, flipé en varios conciertos e incluso en una ocasión tuve la oportunidad de entrevistarle. Yo súper feliz de la vida después de hacerme la foto de rigor, porque uno, que se gana la vida haciendo entrevistas a todo tipo de gañanes, muertos de hambre y putas relacionados con la farándula, tiene pocas ocasiones de gozar hablando con un artistazo al que admira de verdad, y yo le pregunté al bueno de Manolo llamándote Manolo García ¿pensaste alguna vez que llegarías tan lejos? le solté así, a bocajarro, pero con kilos de cariño, y él, inteligente encaja rápido la pregunta y, humilde, yo no creo que haya llegado lejos. Bravo por ti, Manolo.

Tenía muchas ganas de verte cielo, suspira así con una voz melosa y un tono azucarado girando la cabeza hacia mí y sonriendo, siempre sonriendo, mientras coge la autopista dirección Girona en el barrio de La Salud. Y yo también, confieso un poco tímido. ¿Es tuyo este coche?, y ella me lo ha dejado un amigo, y yo ¿un amigo? debe de ser un muy buen amigo, y ella me mira y vuelve a sonreír pícaramente y ladea la cabeza mientras arquea las cejas confirmando mis sospechas.

Seguimos acercándonos a Tossa por la C-32 que afortunadamente está menos saturada de lo que en un principio podría esperar, disfrutando de Manolo, del placer del aire que te golpea el careto a cien por hora mientras te diriges a una aventura sintiendo un permanente cosquilleo debajo del pantalón, riendo y hablando, porque la chiquilla habla hasta por el culo y a mí eso me gusta. No soporto a esas chiquitas que se les acaba la conversación en el ya, eso, claro, y que les avergüenza comportarse de forma natural por miedo a perder las formas. Ella no es así. Verónica es una chica espontánea, divertida, imprevisible, nunca sabes por dónde te puede salir. Es un ciclón. Una lengua inquieta. Y a mí eso me encanta. Me cuenta que es de Ibiza, que tiene veinte años y estudio Empresariales en Manresa, aunque te he de confesar que he ido bastante poco a clase, la facultad está muy lejos de Barna y he de ir en tren todas las mañanas, un puto coñazo, afirma rebufando con cara de agobio. Éste, por ser el primer año, me lo he tomado un poco como curso de experimentación, como de toma de contacto, la verdad es que estudio más bien poco, creo que no voy a aprobar ni una, y se descojona; me explica que vive felizmente sola en un piso que mis padres compraron en el Eixample hace años cuando mi hermana vino a estudiar, y la verdad es una suerte porque no sé yo si podría soportar tener que compartir piso y cuarto de baño con otras chicas; me habla de su vida, que sus padres tienen una importante joyería en la isla y están forrados y mi viejo está empeñado en que yo tengo que ser quien herede el negocio y que, con mi don de gentes y estudiando la carrera, en pocos años tengo que hacer grande el negocio familiar, está como una puta cabra, y se parte la caja; y me cuenta que le encanta vivir en Barcelona, que está cansada de la isla, en verano es otro mundo por toda la gente que aterriza buscando fiesta pero el invierno es duro y aburrido, es un pueblo sin vida, sin futuro, me ahoga, yo no me quedo ahí toda la vida ni loca, aunque la verdad es que no sé cuándo tendré lo que hay que tener para decírselo a mi padre, y yo empiezo a intuir que ésta es una víbora chupasangres sin ningún tipo de pudor ni de remordimiento de conciencia que sólo piensa en vivir a costa de su padre tanto tiempo como pueda. Yo le hablo de mi trabajo, le cuento que soy periodista, que trabajo en un diario como cronista social, que a veces hago reportajes para una agencia de televisión de prensa rosa, que ando todo el día tratando con la gente de la farándula, que conozco a un montón de famosos y que disfruto muchísimo con mi profesión y que me siento afortunado por ello. Qué guay, qué pasada de curro, debes de estar súper contento, y yo sí, claro, miento una vez más.

Seguimos tirando millas plácidamente por el carril de la derecha, sin prisas.

¿Te estás metiendo mucha coca?, y yo no, no suelo tomar coca muy a menudo, sólo en ocasiones puntuales, momentos especiales, muy de tanto en tanto, cumples de colegas y esas cosas. Le cambia la cara de repente, se pone seria, como defraudada, y rápido le informo pero no sufras, pensé que este fin de semana era súper especial y que sería más divertido con algo de material y ayer pillé tres gramos. Una maliciosa sonrisa le vuelve a pintar la cara dando paso a su blanca y simétrica dentadura ¡bien! ¡genial! y tarareamos y nos balanceamos al compás de las letrazas de Estopa que aparecieron tras dar por concluido su recital don Manolo, te vi te vi pero no se dondeee.

Salimos por el peaje de Santa Susana en dirección N-II Tordera-Girona para coger la carretera de acceso a la Costa Brava hacia Blanes.

Mientras cruzamos Lloret de Mar y Blanes le hablo de mi trabajo, de mi familia, del Real Madrid y de Angie.

¿Qué pasó con tu chica?, y yo el día que te conocí hacía un par de semanas que lo habíamos dejado, llevábamos varios años de relación, después de meses volvimos y ahora volvemos a estar separados, también yo estoy muy cansado de la rutina, son muchos años y quiero vivir mi vida, volar solo, no dar explicaciones, y ahora lleva unos días acosándome para que volvamos, no para de joderme todo el día con llamadas, por eso he dejado el móvil en casa miento como un bellaco nuevamente.

Llegamos a Tossa pasadas las nueve de la mañana.

Tossa de Mar es un pueblo costero y amurallado a ochenta kilómetros de Barcelona. Es un pueblo bello, tranquilo, que vive de la pesca y sobre todo del turismo en verano, con casas antiguas, calles estrechas y empedradas, donde los poco más de cuatro mil habitantes son lugareños que conviven con adinerados ingleses retirados que llegan a la localidad para terminar de ver pasar la vida plácidamente desde una azotea con vistas al Mediterráneo.

Junto al mar hay un gran castillo que construyeron hace siglos los romanos para defenderse de los piratas. Yo estuve en una ocasión en esa fortaleza con Angie. Era un 26 de diciembre y a media tarde, al caer el sol, representaron un belén viviente, una tradición que año tras año recrean en la localidad. Fue un bonito día de enamorados, de paseos por la orilla, mil fotos, lubina a la sal en restaurante de pescadores junto a la playa, abrazos, cariño, besos, ternura. Amor. Mucho amor. Durante un momento me atrapan todos esos bonitos recuerdos. Aquel día Angie me hizo una foto junto a Ava Gardner. La mítica actriz tiene una estatua a tamaño real a medio camino del castillo, en memoria de la película que rodó en el pueblo en los años cincuenta, Pandora y el holandés errante.

Entramos a Tossa en coche. Verónica conduce despacio, las calles son angostas y de piedras y no permiten correr y poco a poco nos vamos adentrando en el casco histórico. No tengo ni puta idea de dónde coño nos vamos a alojar y tampoco me provoca preguntarlo, prefiero encontrarme con la sorpresa. Conforme nos adentramos por las callejuelas veo cómo crece el nerviosismo de Verónica, la veo emocionada, ansiando llegar a no sé dónde. Ya verás, te va a encantar ¿conoces Tossa? y yo sí, estuve en una ocasión con amigos.

Para el Golf en mitad de la calle junto a un hostal con un gran portalón de madera y una fachada vieja, de piedra, milenaria, gastada por el tiempo, con unas grandes ventanas con rejas negras. Sobre la puerta se lee un decrépito letrero de madera Hostal Tomasa y más abajo, a un lado, un cartelito azul con una P y dos estrellas. Verónica toca la bocina varias veces y salta como disparada del auto cuando se abre la gran puerta y una señora grande, vieja y gorda, como de cien kilos, con enormes tetas, sale tras del portalón con la bravura del toro de lidia. Luce un sucio delantal de cuadros blancos y rayas azules desgastadas y una camiseta amarillenta que se intuyo debió ser blanca en tiempos mejores. Tiene el pelo canoso y grasiento recogido en un desastroso moño, pinta mil arrugas, mofletes colorados y pocos dientes en su cara de pan. Se funden en un gran abrazo y se dan mil besos. Se palpa el amor entre ellas.

Ven, te voy a presentar a mi amigo y de la mano me trae a la supuesta Tomasa dispuesta a embestirme, él es Rubén, ella Tomasa, la tabernera y mejor cocinera de toda la Costa Brava y la señora Tomasa me hace un milimétrico repaso de arriba abajo, se me acerca y cogiéndome por los hombros me arrea dos besos y pienso mierda, ya me embistió.

Encantado, señora Tomasa, es un placer, Verónica me ha hablado mucho de usted vuelvo a mentir otra vez, en esta ocasión haciendo un notorio esfuerzo y pienso, joder, Rubén, que vil mentiroso eres, debería darte vergüenza ser así de embustero, te pasas el puto día mintiendo.

Cogemos las maletas y entramos los tres en la taberna. Tomasa le pide las llaves del Golf a Verónica y le grita al joven, esquelético y destartalado camarero que lee el diario tranquilamente tras la barra fumándose un Ducados toma las llaves y aparca el coche de la Vero en el paseo y con mucho cuidadín, no lo abolles, ¿eh?

La pensión es tranquila, reposada, sólo hay cuatro abuelos jugando al dominó en una mesa bajo las escaleras de madera añeja que conducen a las habitaciones y una pareja joven desayunando bollos con zumo de naranja en la misma barra. Me recuerda a los viejos bares de las películas del oeste. Toda de madera, con cuatro o cinco mesas, altos taburetes y una larga barra.

Tomasa entra en la barra, nosotros le seguimos con las maletas y coge de un tablero una llave enganchada a una gran placa de metal con un quince grabado, obviamente el número de la habitación, y se la da a Verónica y le dice con un acento catalán cerrado, como si le costase hablar castellano, te la he dejao apuntito mi niña y le guiña un ojo contrayendo creo todos los músculos de su enorme cuerpo, mientras su niña se lo agradece con una sonrisa y un beso de lo mas fraternal. Subimos por la decrépita escalera, que cruje tras cada pisada como si fuera a desplomarse en cualquier momento, y mientras abrimos nuestra puerta tratamos de contraer la risa cuando oímos gemir y suspirar a una mujer en la habitación de enfrente.

Entramos en el cuarto y a ser sincero no está nada mal, no es el cuchitril que podía imaginar a priori. Yo entro tras Verónica y la situación me pide tirarme encima de ella, azuzado, todo sea dicho también, por los matutinos gemidos de la tipa de la habitación de enfrente, me pide bajarle un poquito el pantaloncito, apartarle el tanguita a un lado y empezar a follarla así, sin más, pero aunque estoy seguro de que ella lo desea tanto como yo, -¿para qué me había invitado, si no?- pregunto yo, prefiero ser cauto, no quiero que la marrana esta piense que sólo he venido a jincar.

Una gran cama, alta, fuerte, robusta como de rey de la Edad Media; un armario marrón muy oscuro, rústico, como de anticuario; un escritorio amplio y viejo del mismo color, estilo colonial, con un teléfono milenario; una silla de madera, grande y pesada; un Cristo sobre la cabecera de la cama; el cuarto de baño con plato de ducha y sin cortina; y una pequeña terraza, con una mesita y dos sillas de plástico azules con la publicidad de Pepsi, que da a una pista de tenis forman la habitación.

Dejamos las maletas junto a la cama y Verónica opta por darse una ducha. Mientras se prepara para meterse en la ducha me dice ¿qué te apetece hacer? ¿vamos a la playa?, y yo que veo cómo se va desnudando poco a poco y empiezo a sentir buenas vibraciones, bajo mi pantalón sobre todo, dudo y digo buena idea, de acuerdo. La verdad es que a mí no me apetece en absoluto ir a la playa, a llenarme de arena, a pasar calor, a tostarme como un cangrejo, prefiero quedarme tranquilo, tirado en la cama, follando con esta chiquilla y fumarme unos petarditos escuchando a Sabina, o incluso pasear por el pueblo y tomar algo antes de comer, pero para nada me atrae la idea de ir a sudar a la playa.

Verónica se mete al baño y la puerta queda entreabierta. Yo me tiro en la cama y me lío un porro. El agua empieza a sonar en el plato de la ducha y yo veo cómo caen su pantaloncito y su tanguita al suelo. Me resisto a acercarme a la ducha y entrar así, sin más, como dándolo por hecho, para meterme bajo el grifo y empezar a frotarle con mis manos por la espalda, bajando hasta el culito, adelantarme hasta sus pechos morenos mientras ella se roza conmigo, y que en la ducha y con el agua tibia mojando nuestros cuerpos me la chupara como Dios manda. Bueno, no sé si como manda Dios, porque yo no sé si el señor se mete en estas cosas, pero, vaya, como mandan los cánones, que diría Manolo Lama. Pero no, no quiero intimidarla y por eso comienzo a tocarme debajo del pantalón. Oigo el ruido del agua al caer, me la imagino en la ducha, con el pelo mojado, cayéndole el champú desde arriba hasta abajo, resbalando, disfrutando de su piel dura y oscura, y no dejo de tocarme mientras siento la aspereza del canuto arañando mi garganta.

Voy nuevamente creciendo, la cosa se está poniendo seria y decido sacar la mano de mi pantalón bruscamente. No quiero malgastar fuerzas inútilmente, ya que sospecho que me van a hacer mucha falta, puesto que esta marrana vividora cocainómana con boca de chupona nata y con tremendo aire a Verónica Vanoza tiene pinta de haberme traído hasta aquí para follarme hasta la extenuación.

Me levanto de la cama, apago el petardo, lo dejo en el cenicero, abro mi maleta, meto la mano en el bolsillo interior y saco uno de los tres paquetitos de coca. Sobre el escritorio Ricardo Corazón de León, vuelco un poco de material, estrenando así una de las tres bolsitas, y me hago una raya como un campeón. Saco de mi cartera un billete de diez eurales, hago un canutito, me agacho pero antes levanto la mirada y veo que el Cristo me observa, pero pienso que él tampoco se mete (en) estas cosas, así que me agacho y la aspiro con fuerza.

Guardo la bolsita, meto en mi cartera el rulo, limpio la mesa, me pongo el bañador, cojo las gafas de sol y un pareo naranja que siempre llevo a la playa en lugar de la pesada toalla y grito bajo a tomar un café y a leer el diario, te espero abajo. De acuerdo cariño, me grita Verónica, con confianza, como quien lo dice a todas horas, como si fuésemos enamorados con fecha de boda.

En la tasca siguen jugando al dominó los cuatro abuelos. El repicar de las fichas en la mesa denota que son unas partidas muy intensas y competidas pito doble y clac y otro y ahora yo me doblo y cataclac, joder parece que estén jugando a partir las fichas, los carcamales.

Ahora hay más gente desayunando. Están todas las mesas ocupadas. La señora Tomasa entra y sale de la cocina sin parar, como endiablada, como una leona en busca de carne fresca para sus leoncillos. Me hago con un taburete y un espacio en la barra y en una de sus veloces pasadas señora Tomasa ¿me puede poner un cortado en tacita de cristal? por favor, y lo pido así en taza de cristal porque no sé por qué extraña razón pero he convertido el primer café del día en casi un ritual para que me vaya el resto de jornada medio bien. El cortado en taza de cristal es una de mis dos manías más serias. No sé, pero es que si pido el primer cortado, ahí preparado, con el Marlboro a punto de ser encendido, si ha habido suerte con un diario de información general a mano, dispuesto a saborearlo, a disfrutarlo, a entregarme a él para que me quite la tontería de sueño como sólo él sabe sacarme del cuerpo, y por un casual se me olvida aclarar por favor en tacita o vasito de cristal, y veo al camarero de mierda acercarse a mí con un café cortado en una maldita taza de cerámica, con su puto platito de cerámica, es que no puedo, conforme se va acercando esa taza traicionera irremediablemente hacia mí es que me entran los sudores de la muerte, una mala hostia que cogería el puto café y se lo tiraría a la cara al hijo de puta del camarero por haber nacido y por joderme el día así de esta manera y a estas horas de la mañana. No puedo remediarlo. Cuando llega, no me queda más remedio que pedirle por favor ¿me lo podría cambiar a un vasito o tacita de cristal?, se me olvidó decirlo y para mis adentros me cago en la puta de tu madre desgraciado rompe huevos.

Pues eso, como decíamos, le pido a la señora Tomasa un café cortado en cristal y ella sí, sí, sí en un segundo, joven, y, de lo más profesional, se gira, se aproxima a la cafetera, agarra el mango con café, lo sacude, lo enrosca, lo aprieta, lo retuerce, da al botoncillo rojo, coloca debajo de la cafetera la taza de cristal, calienta la leche, coge un platillo, una cucharilla, un sobre de azúcar, para la cafetera, retira la taza, echa la leche y me dice aquí tiene joven y yo muchas gracias y ella se apoya sobre la barra, se deja descansar, se relaja por un momento, apoya su cabezón de kilos sobre sus grandes manazas, las tetazas sobre la barra, me mira con dulzura, y me dice con un marcado acento catalán que es guapa la Vero, ¿eh? me lo dice con mucho cariño, se nota que la quiere, y yo sí, es preciosa, y ella me deja flipado ¿estás enamorado?, y yo no, creo que no y espero no enamorarme en muchos años, y ella ¿por qué dices eso, joven?, y yo le aclaro porque el amor es una mierda, cuando desaparece la persona amada duele mucho y a mí no me gusta sufrir, y ella, con su acento catalán cerrado con siete candados, haciendo un notable esfuerzo por hablar en castellano me aconseja no le tenga miedo al amor, joven, no intente nunca negarlo. Como dice Coelho, temer al amor es temer a la vida y los que temen a la vida ya están medio muertos, y yo me quedo mudo y ella cuídamela ¿eh? y me lanza un torniscón a la mejilla y yo claro señora Tomasa, no sufra y ella me sonríe con toneladas de ternura, enseñando sus pocos dientes, y despega como un cohete. Creo que le he caído bien de un principio. Es buena persona la señora Tomasa.

Enciendo un cigarrillo, me tomo mi cortado y leo El Periódico de Catalunya en su edición en catalán sin prisas.

Al rato baja Verónica, acicalada, sonriendo, guapísima, dando graciosos botecitos por la escalera como un saltamontes feliz. Instantáneamente, la imagen provoca un agradable efecto en mí y siento cosquillitas en la puntita de mi músculo y noto cómo se mueve. Un minúsculo bikini de color naranja en la parte de arriba y un extracorto pareo de color rojo, a juego con las hawaianas, le tapan. Le queda bien la combinación de colores con el tono moreno oscuro de su piel. A decir verdad, creo que cualquier cosa que se ponga o que se quite le sienta estupendamente.

Pago el cortado y partimos. Verónica se despide de la señora Tomasa con un beso.

Salimos de la pensión no sin antes sentir la atenta mirada de los veteranos jugadores de dominó en el buyate de campeonato de mi Verónica, y ella feliz, sintiéndose el centro de atención, sonríe y me da la mano, sin darle importancia, con seguridad, y a mí no me importa. Es más me encanta la sensación de pasearme de la mano un sábado por la mañana por un pueblecito como éste con una muchacha como ella a la que la mayoría de tíos que nos cruzamos, algunos descarados incluso cogidos de la mano de su amorcito, se giran para repasarla y mirarle el vampeta. Parecemos una pareja de verdaderos enamorados.

Bajamos por la calle del Mar hacia la playa sintiendo cómo nos atraviesan la cabeza los rayos del sol y me acuerdo de la calle del Mar de Badalona que tanto me encanta y me pregunto ¿cuántas calles del Mar debe de haber?, ¿habrá calles del Mar en todas las ciudades que tienen mar? y digo yo ¿habrá calles del Mar en los pueblos donde no hay mar? uy, qué lío tío, creo que no debería haberme metido ese tirazo de coca tempranero. En fin, a lo hecho, pecho así que andamos por la calle del Mar de Tossa de Mar hacia la playa, para tostarnos al sol muy cerquita del mar. Hace un calor de cojones, treinta y ocho grados marca el termómetro gigante de una farmacia, nos cruzamos con un gato negro que anda sigiloso por la sombra, junto a las casas blancas, seguro que maldiciéndose por haber nacido negro y en Tossa y seguro que por dentro pensando la puta que me parió, ¿por qué cojones tuve que nacer negro y no blanco, marrón o naranja como Garfield o siamés o manchado, coño y tuve que nacer con este maldito pelaje negro que atrae al puto sol y me jode la vida en verano? malditos sean los calores que achicharran mi alma.

El hostal, situado en la calle Sant Miquel, está muy cerca de la playa, en dos minutos sentimos el ardor de la arena. La playa está a reventar, no cabe ni un alma, ni tan siquiera la del gato negro. Finalmente, avistamos a una familia con sombrilla gigante, nevera enorme, tres colchonetas, cuatro toallas, dos flotadores y dos niños pequeños que levanta el campamento base y nosotros, atentos, nos acercamos y esperamos pacientes al desalojo del espacio público y así nos hacemos con una espaciosa parcela de arena junto a la orilla. Colocamos nuestras cosas, su toalla, mi pareo, Verónica se quita la parte de arriba del bikini y deja sus pechos grandes, bonitos y morenos al aire para goce y disfrute de los maridos amargados con mujeres abnegadas y gordas y bigotudas y nos damos un baño y nos tumbamos a secarnos al sol.

Hablamos de mil cosas y nos reímos por todo. Me río mucho con Verónica, es ocurrente la chiquilla. Saco una gran piedra de costo y en un santiamén hago un peta.

Es fácil hablar con ella, habla mucho, como un loro nervioso, es ocurrente y ríe a cada momento con naturalidad. Nos cogemos confianza rápidamente. Ella me habla de su anterior vida en Ibiza y de lo mucho que le gusta vivir lejos del control paternal mis padres me envían una buena cantidad de dinero cada mes, casi mil eurazos para mis gastos, pero aquí la vida está cara de cojones y vivo un poco asfixiada. También me habla de su vida sentimental no tengo novio, la única pareja que tuve la dejé en la isla y espero que si alguna vez se hunde la isla a él le pille allá y ahora no quiero nada con nadie, me encanta mi libertad, hacer en cada momento lo que me dé la gana sin dar explicaciones a nadie y yo sospecho que a pesar de sus veinte añitos esta muchacha tiene las ideas muy claras, que es una folladora nata sin prejuicios con muchas pollas en su haber y que por nada del mundo quiere atarse a una sola y yo le pregunto por qué lo dejó con su chico, y ella sigue hace casi un año que lo dejé con Anselmo, y pienso cojones, Anselmo pero si parece un nombre de seta, pero ¿pero ese qué mierda de nombre es? hay que ser bien desgraciado para ponerle Anselmo a un hijo o estar bien puteado por la inesperada llegada del susodicho para joderle la vida de esa manera desde el día de su nacimiento, y mientras mis neuronas enzarpadas siguen flipando con el tal Anselmo la muchacha suspira después de dos años me di cuenta de que nuestra relación era muy aburrida, monótona, que era poca cosa para mí, trabajaba en una tiendecita de souvenirs de sus padres en el puerto de San Antonio y no tenía más aspiraciones que conseguir jubilarse con esa mierda de negocio, un fracasado, vaya, y encima estaba muy aburrida de follar con él, siempre era lo mismo, un coñazo, y además tenía un puto micro pene de mierda el muy cabrón que había que cogerlo con pinzas, y nos partimos el culo. Verónica tose entre risas y me pasa el porro y seguimos charlando boca abajo sintiendo la fuerza del sol en nuestras espaldas calientes. Empecé a salir con gente de la facultad por las discotecas de moda de Barcelona, un grupo de gente bastante desfasado. Jueves, viernes, sábado y domingo noche, no perdonaba ni una, y de vez en cuando trabajaba como camarera en el pub de un amigo en Consell de Cent para poder mantener mi nivel de vida porque, como imaginarás, con este ritmo y mil euros de mierda no hay quien viva. Se confiesa como una gran especialista en drogas. Ha probado casi de todo ecstasy, speed, crack, LSD y cocaína. Un día se convenció de que lo mejor era cortar por lo sano, se dio cuenta de que llevaba mal camino y decidió retirarse de las drogas y comenzó a salir con otra gente. Cortó con todo menos con la coca. Le gustaba demasiado.

Nos damos otro baño. Es bonito sentir el rumor de las olas de un sábado por la mañana, el salitre del Mediterráneo pegado a la piel, con el sol castigando en el cielo, ver el chapotear de los niños con las colchonetas y flotadores, los yates al fondo, acompañado por una muchacha simpática y morbosa y folladora que media playa pagaría por tirarse y, sobre todo, sintiendo secretamente el amargor de la cocaína en la garganta.

Volvemos a tumbarnos al sol bocabajo. Verónica lía otro peta. De vez en cuando hago como que giro mi cabeza para mirar el mar pero lo que realmente miro es su culito menudito-durito-morenito-mojadito con su minúsculo bikini naranja que tan bien le queda y mi calentura corporal va creciendo sin remedio, la arena apretándome fuerte en la entrepierna. Fumamos, hablamos, reímos y yo no puedo dejar de mirar cómo asoman sus morenos glúteos por los laterales del bikini tanguita naranjita y cada vez deseo con más ganas tirarme encima, tocarla, comérmela.

Corre poco aire, hace un calor infernal, nos damos varios baños más pero rápidamente nos secamos, no se puede estar más de diez minutos entre el sol y la arena. Tras varios leños y otros tantos baños y risas ya no puedo soportarlo más y aprovecho el descuido de una carcajada para acercarme como una culebra, la miro fijamente a los ojos y acerco mis labios a los suyos lentamente provocando que ella mueva ficha y Verónica mueve ficha sin dudarlo y se aproxima a mi boca y empezamos a besarnos. Besa bien, muy bien, muy húmeda, como ya te avisé querido lector, es una lengua inquieta. Se da la vuelta y yo me poso sobre ella y la beso con más ánimo, cada vez más, apartándole el pelo de la cara con las dos manos. Mientras le muerdo la boca me salgo de mis adentros, voy a explotar y aprieto con fuerza el culo para rozarla con mi ser, que por otro lado cada vez está más vivo. Nos movemos despacio, sintiendo los latigazos del sol quemar mi espalda ya seriamente torrada, las gotas de agua que salpican del mar en nuestros pies y las miradas de los envidiosos. A ella no le importa la escena, no le molesta que miren los demás. A mí tampoco. Es una muchacha descarada. Sin complejos. Sin vergüenza. Ella me abraza contra su cuerpo con fuerza y yo siento sus tetas contra mi pecho y me muero de ganas de comerle los pezones y darle la vuelta. Bajo la mano y empiezo a tocarle por fuera discretamente mientras ella cierra los ojos y goza. Le acaricio con un dedo echando el bikini a un ladito, hasta acabar hundiéndolo en ella, y notar que la muchachita ya anda mojadita. Trabajo delicadamente ahí abajo. Verónica gime varias veces en mi oreja cerrando los ojos, retorciéndose levemente. Empezamos a perder el control y presiento que mi polla no echa a correr hacia la pensión porque no puede despegarse de mi cuerpo, pero a la vez voy loco porque lo intente, porque se decida y ponga rumbo hacia el hostal y yo sin pensarlo la seguiría encantado tirando de Verónica y corriendo y esquivando guiris y abuelos por las estrechas y empedradas y ruinosas calles de Tossa y yo ahí embebido en mis fantasías oigo que Verónica le susurra a mi oreja vamos a la habitación cielo mientras me coge la cabeza con las dos manos y me muerde la boca con rabia contenida y yo le empujo abajo queriéndosela meter así, con bañador y bikini incluidos.

Paro de trabajar. Recogemos nuestros bártulos y nos vamos a la pensión, no sin antes, pareo en mano, dirigir una mirada triunfal a todos aquellos envidiosos que nos rodean y nos abrasaron con sus miradas y diciéndoles con los ojos mirad, payasos, lo que me voy a follar, miradla bien, hala cuando sea la hora de la siesta, si tenéis mala suerte y se la acabáis metiendo al oso ese que tenéis al lado, recordad a mi chica y su buyate de campeonato y si queréis pensar que os la estáis follando, imaginad, soñad, el pensamiento es libre y gratis, perdedores.

Entramos en la pensión con paso ligero, está casi desierta, sólo los cuatro vejestorios siguen jugando, concentrados, inmóviles, impasibles estudiando la jugada, tratando de averiguar qué fichas le quedan al rival como muñecos de cera, y la señora Tomasa, ahora relajada tras la barra ojeando el Hola nos saluda y ¿queréis un zumito de naranja natural? está muy rico y recién exprimido jóvenes y Verónica no Tomasa mejor a la tarde, a la tarde y subimos las milenarias escaleras a la carrera sin soltarnos las manos entre risas.

Llegamos por fin a la habitación, cierro la puerta, cierro con llave, la cojo en brazos y la dejo caer en la cama. La beso apretándole el muslo con la mano derecha, abriéndome espacio abajo con mi cuerpo, ella rodeándome con sus piernas, y de repente me dice espera, vamos a meternos una rayita, y yo asiento porque me parece una magnífica idea ok. Vuelvo a sacar la coca del bolsillo de Samsonite, vuelco un poco de farlopa sobre el escritorio, saco dos carnets y hago dos rayas largas, rápidas y feas. Cojo el mismo billete de diez euros que utilicé en mi primera raya matutina, lo saco de la cartera y el muy condenado se enrula prácticamente solo. Esnifamos. Nos sienta bien. Volvemos a tirarnos en la piltra, le quito la parte superior del bikini, la beso, le chupo los pezones casi negros, estaban muy salados, sabían a mar Mediterráneo, a petróleo, y rápidamente me coge abajo, me acaricia debajo del bañador. Yo también me dirijo a sus partes bajas y mi dedo corazón tropieza con un par de minúsculos granitos de arena que dejo caer al suelo y pienso para el que barre. Vuelvo a tocarla y siento en mis yemas que todo va bien, viento en popa y a toda vela, mis dedos mojaditos, y comienzo a besarle la barriguita, el piercing del ombligo, bajo al bikini, lo bajo poquito a poco y ¡oh sorpresa!, mis fundadas sospechas se confirman, no hay ni un puto pelito, esta niña cocainómana folladora bien sabía adónde venía y la muy puta viene bien preparada y rasurada como una Nancy para la dura batalla, y me provoca meterme ahí abajo y explorar y sentirla retorcerse cuando relamo su pipitilla, pero venimos de la playa, de darnos unos baños en el nauseabundo mar Mediterráneo, salado y con sabor a súper 98, de sudar como marranos, y ni loco me meto ahí, ni loco, tío. Verónica me coge la cabeza, me tira hacia atrás, me quita la camiseta, el bañador, se acomoda encima mío, me coge abajo, juega y ella misma se sirve con ganas, con muchas ganas de pene, de pene del nene y zas. Con las rodillas hincadas sobre el colchón mueve con buen ritmo las caderas apretándose con las manos los sabrosos pechos, cabalga con mucha experiencia, muy sensual, cierra los ojos y gime. Me molaría chuparle otra vez los pezones, aunque tuviera que volver a degustar el Mediterráneo gasóleo porque son duros, gruesos y casi negros, con personalidad, pero estoy bien así y no quiero romperle el buen ritmo. Estoy disfrutando mucho, pero no solo por el polvo en sí, lo que sucede es que durante años soñé con una situación como esta. Hasta el día que la conocí, nunca me había follado a otra chica que no fuera Angie. Aquel día, el del primer polvo con Verónica en la playa del Bogatell, iba muy mal y no pude gozar todo lo que hubiera querido, apenas recuerdo nada. Pero en Tossa sí, estoy en una pensión de mala muerte, lejos de mi casa, tumbado, con mis dos rayitas de coca en el cuerpo a la una del mediodía, debajo de una morenaza viciosa que apenas conozco viéndola bailar y retorcerse sobre mí. Cosas como esta te refuerzan la confianza, la autoestima. Me doy cuenta de que follar es algo diferente que escuchar a tu novia, en el asiento de atrás del coche de papá así no que me duele, espera, ahora, no espera, espera, me haces daño, no puedo, no puedo. Verónica sigue trabajando encima mío y yo soy feliz por ver como una mujer como ella goza con un chico como yo.

Me corro.

Estoy exhausto. Sudamos ríos. La puerta de la terraza está entreabierta y entra un agradable vientecillo que mueve las blancas y casi transparentes cortinas, pero igual hace un calor del carajo y sudamos como cerdos. Ella se relaja y se deja caer sobre mi pecho, dándome pequeños besitos de tanto en tanto como con amor, acariciándome el torso mojado. Hace mucho calor, y la puta habitación sin ventilador. La verdad, en este momento me sobras, cariño, entiéndelo, estuviste muy bien, genial, fantástica, te llevaste tu premio, por otra parte luchado y merecido, pero entiende que en estas fechas, a estas horas y en estos cuartos de Dios, uno que es humano, después de follar lo que necesita es un porrito, un poco de tranquilidad y un poquito de aire fresco, mi amor, pienso fumando un cigarro, mirando al techo y acariciando la melena azabache de Verónica que reposa sobre mi torso sudado.

Apago el cigarro, me levanto y abro la puerta de la terraza de par en par para que entre algo más de aire. Me siento en una silla que está a la sombra y me pongo a quemar una china de costo y noto ese olorcillo único que desprende una buena piedra y de pronto pienso que es la primera vez que lo hago sin condón con una chica que no era Angie. Con Angie siempre lo hice con condón, menos en un par de ocasiones, hasta por el culo, yo siempre arropadito. Incluso cuando ella tomaba las pastillas, los antibabys, yo bien protegido, no me fiaba, no quería ser papá.

Vuelvo a tumbarme junto a Verónica, parece dormida, prendo el porro, doy una calada, toso y pienso en mil cosas, no estoy cómodo, ya no soy feliz y sudo, empiezo a sudar nuevamente, el canuto me está aplatanando, la coca me está bajando, me encuentro roto, apesadumbrado. Me levanto, saco de mi maleta el porta cedés y cojo un compact recopilatorio con los grandes éxitos de Eros que me bajé del Emule y le doy vida en el reproductor de dvd y suena Nada sin ti por los altavoces del televisor. Mato el peta y lo dejo en el cenicero para otro momento. Cojo la coca y salgo a la terraza en gayumbos Calvin Klein blancos y de slip siempre, por supuesto. Hace un calor salvaje, no se mueve el aire, cuesta respirar, se siente cómo abrasa el sol. Pienso que Verónica es más puta que las gallinas nadadoras y quizás sea eso lo que tanto me atrae de ella y recuerdo que me la he follado sin condón, y que me he corrido dentro y pienso que esa chiquilla habrá follado sin protección con mil tíos igual que lo ha hecho conmigo y me rayo y me viene el bajón y me rayo y me obsesiono con una palabra: SIDA. Me muero y me odio y me castigo pensando que tal vez alguno de sus amantes ocasionales le hubiera pegado un sidazo y que ahora yo estaría contaminado y el terrorífico virus ya está en mi cuerpo metido el muy condenado y ya no hay remedio, ya se me está extendiendo y este es el principio de mi fin. La palabra de las cuatro letras no para de asomarse a mi cerebro y noto cómo corren por dentro de mi cuerpo los sudores de la muerte. Vuelco un poco de coca, hago una raya grande y aspiro.

Verónica se despierta, nos duchamos juntos y pasamos un rato tirados en la cama, fumando relajados, escuchando Eros y los gritos, risas y pelotazos de una pareja de Argentinos en la pista de tenis que hay justo debajo de nuestra terraza. Verónica ha vuelto a dormirse y yo tengo curiosidad por saber qué pinta tiene esa argentina que gime tan putamente cada vez que golpea la pelota y que sin lugar a dudas es la misma gemidora de esta mañana. Salgo a la terraza, enciendo un Marlboro y me acomodo en una silla con los pies encima de la barandilla. Son mayores que nosotros, como de casi cuarenta. Ella está rebuena, jamona, alta, morena, piernas largas, con su faldita plisada de tenista de color blanco.

Una camiseta cae sobre mi cabeza. Miro hacia el interior de la habitación. Verónica está sentada en la esquina de la cama, con la espalda erguida y las piernas abiertas, desnuda, acariciándose abajo, con dos coletitas de colegiala traviesa, con los ojos medio cerrados, brillando como las estrellas de Badalona en las noches de coca, mordiéndose los labios mientras se masturba acariciando su clítoris, y pienso qué buen despertar tiene la mamona ésta, así da gusto, no como Angie, ella nunca se despertó así, más bien todo lo contrario. Angie tenía muy mal despertar, no le podías decir nada hasta que pasaba un buen rato, prefería tocarte los cojones desde primera hora de la mañana que tocarse el clítoris como Verónica y ahora que lo veo así, sinceramente pienso que el mundo sería mucho más feliz si muchas mujeres se despertaran como Verónica, tocándose el clítoris y no tocando los huevos de mala manera al prójimo.

Entro y me acerco a ella poco a poco (sí, poco a poco como esa frase que te suelta cualquiera cuando te rompes el radio o el cúbito y te encuentra con el brazo escayolado ahí bien jodido en el ascensor y no sabe qué coño decirte y siempre acaba soltando poco a poco, paciencia y nada poco a poco y dices claro, claro y piensas tu puta madre). Me acerco poco a poco y chup chup empieza a chupar con mucha delicadeza y de pronto la saca mojadita y la aguanta con su mano y me dice vamos a hacernos antes una clenchita y yo miro al Cristo y, cómplice, confirmo algo que me rondaba por la cabeza: a esta niña la coca le gusta mucho, sobre todo la mía.

Esnifamos los dos en la gran mesa. Nos tiramos en la cama y toma la delantera. Me besa por el cuello, hace un rápido repaso sin paradas por el torso y el abdomen, y déjame la coca y yo ¿para? y ella sonríe traviesa con sus coletitas de colegiala putita chupa pichitas no hagas tantas preguntas, rompes la magia, coge la coca, se llena la boca, me la chupa, le da varios lametazos y chupa su dedo índice, lo mete en la bolsita y adhiere algo de coca que acaba posando en la punta de mi polla y la esparce con sus deditos. Deja el paquetito casi vacío en el suelo y con la polla en la mano la lame mirándome fijamente a los ojos, dando largos lametazos, como rodando una peli porno, otros cortitos en la punta de la polla, saboreando y disfrutando la mezcla de coca y polla con una cara de puta chupa pollas como la de Celia Blanco, y es pensar en Celia Blanco y es que me derrito. La chupa con delicadeza, poniendo caras de veterana actriz porno, provocándome con miradas zorrunas y ayudándose de la mano mientras yo le aparto el flequillito para verla con detenimiento y así poder disfrutar de tan puto espectáculo. Pronto descubro otra cosa: no es ni la primera, ni la segunda, ni la tercera que chupa, se la ve suelta, con kilómetros de polla en su haber, ya digo que la chupa como experimentada actriz porno.

Angie la chupaba feo, como con asco, como no queriendo, como por obligación, yo lo veía, pero nunca dije nada, afortunadamente ella tampoco y me la chupó hasta el último día.

Tengo la polla insensibilizada, anestesiada, pero Verónica igual chupa incansable, sin decir nada, ahí callada como una campeona mamona. Vuelve a besarme. La cojo y la oriento, la pongo mirando el Cristo que hay colgado en la pared, justo encima de la cama y por detrás no cielo me dice rancia, como si no le apeteciera que le petara el caca, aunque a decir verdad tampoco era mi intención metérsela en el buyuyu. Me pongo un preservativo y la follo a cuatro patas, con mala leche, con fuerza, a golpes, como si quisiera atravesarla, a impulsos, viendo cómo se bambolean sus tetas y cómo se mueven sus coletitas de colegiala marrana. Ella se gira para ver mi cara mientras la follo, con cara de perra, de mucho gozo, se muerde los labios, mientras con una mano mantiene el equilibrio con la otra se frota los pezones, se coge las dos tetazas y me dice más, más, métemela más, fóllame, cosas que, la verdad, motivan mucho, puesto que esas frases de ánimo son una experiencia nueva para mí y además ya llevo varias rayas de coca, y yo, mientras follo, me caliento la cabeza porque no me corro y había oído decir que cuando te metes mucha caña no funcionas, no respondes, pero yo seguía empujando, excitado, dándolo todo, dejándome la piel en la cama como Roberto Carlos en el Bernabéu, por cambiar la historia, dándole las gracias al Cristo a cada arremetida por si él había tenido algo que ver, mirando el incomparable paisaje de la curva de la bonita espalda de Verónica doblándose, mirando como mi polla la penetraba una y otra vez. La saco, agarro el condón, tiro de él, lo lanzo y pienso a la mierda. Sigo follando y ella gritando como nunca gritó Angie. Me corro dentro. Otra vez.

Estoy muerto. Me duele todo el cuerpo. Estoy sudado. Sudo a mares como un maratoniano keniata en una final olímpica. Creo que he batido un nuevo Récord Guinness, el polvo más largo del mundo. Cuando llegue a casa lo miraré en el Google.

Me tomo unos segundos de recuperación tirado boca arriba en la cama, buscando oxígeno en ese caluroso y laborioso mediodía, un respiro y me lío un canuto y fumamos un rato largo callados. De repente me pregunta ¿qué pasó?, y yo ¿qué pasó con qué?, y ella con tu novia, y yo no me apetece hablar ya te lo conté de camino, y ella insiste ¿te ha dejado? y le respondo molesto te he dicho que no me apetece hablar del tema, y Verónica ¿te gustaría formar una familia en el futuro?, y yo no sé, creo que no, creo que estaré solo toda mi vida, aunque mi madre está deseando que me case y me sabe mal por ella, y Verónica ya pero no te vas a casar para contentar a tu madre, y yo claro, y sigue y no es un poco triste estar toda la vida solo, y yo más triste es estar acompañado y amargado por guardar las apariencias y por tener que cumplir con obligaciones, y ella claro, mirándolo así.

No salimos de la habitación en toda la tarde, ni en toda la noche. La pasamos comiendo patatas fritas Jamón Jamón y algunas magdalenas que ella llevaba en su bolsa con unos zumos de melocotón calientes, hablando, riendo, fumando tronchos, tosiendo, escuchando a Eros, REM, Estopa y esnifando cocaína ante la atenta mirada del Cristo.

Solo follamos una vez más.

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